La tregua de Navidad de 1914 es un hecho insólito en la historia militar. A diferencia de las grandes hazañas bélicas de este conflicto, como las batallas de Verdún o Galipoli, en este episodio de la Primera Guerra Mundial se mezclan la manipulación ideológica y el enfrentamiento político, alentado por los gobiernos y la prensa, con un fuerte sentimiento religioso y una insólita empatía con las fuerzas enemigas.
El asesinato del Archiduque Francisco Fernando en 1914, por parte de un grupo extremista serbio, desencadenó el primer enfrentamiento bélico a gran escala del siglo XX. Las alianzas y compromisos políticos arrastraron a países que en principio no tenían ningún interés en la guerra a una confrontación directa con un enemigo armado y preparado para una gran contienda. El mundo vería por primera vez los ataques aéreos sobre la población civil, el uso masivo de armas químicas o la aparición de los blindados en los campos de batalla…
Sin embargo, en este contexto de violencia y escalada armamentística que fue la Primera Guerra Mundial las tropas británicas y alemanas decidieron, por iniciativa propia y desobedeciendo las órdenes de sus superiores, dejar de luchar y festejar la Navidad con sus enemigos.
Es difícil determinar en qué lugar del frente se produjeron los primeros contactos entre los combatientes, pero las fuentes más fiables señalan como foco de la tregua la localidad de Ypres, en Bélgica. Durante la víspera de Navidad las tropas alemanas habían decorado las trincheras y parapetos. Aparte de esto, ambos bandos no se habían planteado organizar ningún acto especial para la noche del 24 de diciembre salvo los coros de villancicos y los oficios religiosos habituales.
Durante la Nochebuena de 1914 las tropas alemanas, parapetadas en sus trincheras, comenzaron a cantar el villancico “Stille Nacht”. Los británicos siguieron a los alemanes sumándose a los cánticos con el mismo villancico en inglés. A la mañana siguiente sucedió lo inimaginable. Varios soldados y oficiales alemanes se acercaron a las trincheras británicas desarmados, portando víveres y adornos navideños. Los británicos, aunque alertados en un primer momento, respondieron bien a los intentos alemanes por llegar a una tregua, y pronto combatientes de ambos bandos se encontraron en la tierra de nadie festejando la Navidad, celebrando funerales por los compañeros caídos de ambos bandos o disputando amistosos partidos de fútbol.
La tregua de Navidad pronto se propagó a diferentes lugares del frente occidental. Los actos de confraternización con el enemigo se multiplicaron los días posteriores a la Navidad, lo que suscitó un profundo malestar en las cadenas de mando militares. Desde un principio los gobiernos beligerantes habían alimentado campañas de propaganda en la prensa de sus respectivos países. Las noticias infundadas sobre crímenes de guerra, saqueos y profanaciones de iglesias atribuidas a las fuerzas enemigas inundaban los periódicos de Londres y Berlín. Esta propaganda facilitó la aceptación del conflicto entre la mayoría de la población civil, pero con la llegada de la tregua de Navidad el grueso de las tropas combatientes pronto cayó en la cuenta de la manipulación a la que habían sido sometidos. Esto generó cierto malestar entre los soldados y los mandos militares.



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